Durante mucho tiempo, la alta gastronomía y las bebidas en lata parecían pertenecer a mundos distintos. Mientras los restaurantes gastronómicos construían sus cartas alrededor del vino, el champán o los destilados premium, la lata quedaba asociada al consumo cotidiano. Sin embargo, algo está cambiando.

La revolución no viene impulsada por el envase, sino por el contenido.

Cada vez más restaurantes de referencia incorporan a sus menús bebidas que nacen fuera de las categorías tradicionales: kombuchas artesanales, cervezas de autor, fermentados, cócteles listos para servir o incluso vinos en formatos alternativos. Y muchas de ellas tienen algo en común: su formato natural es la lata.

Lo interesante es que, cuando una bebida aporta valor gastronómico, el envase deja de ser una barrera. El chef británico Tommy Banks, con estrella Michelin, ha defendido públicamente el potencial del vino en lata por su capacidad para conservar el producto, reducir el desperdicio y mejorar la sostenibilidad. Un planteamiento que habría parecido impensable hace apenas unos años.

La pregunta ya no es si una lata puede sentarse a la mesa de un restaurante gastronómico.

La verdadera cuestión es si seguimos juzgando las bebidas por su envase o por la experiencia que ofrecen.

La alta gastronomía siempre ha sido un laboratorio de innovación. Y hoy esa innovación también pasa por replantear viejas convenciones. Del mismo modo que los maridajes sin alcohol han conquistado los menús degustación, nuevas bebidas premium están encontrando su espacio en restaurantes donde hasta hace poco no se ponía una lata sobre la mesa.

Probablemente la clave no sea que la lata está entrando poco a poco en la alta gastronomía. Quizá la clave sea que la alta gastronomía está ampliando su mirada, buscando nuevos caminos y productos y su manera de entender qué puede ser una gran bebida.

 

Un post de Carlos Jimeno, Director Creativo

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